El volante del Rolls-Royce crujió suavemente mientras Devatra apretaba cada vez con más fuerza las manos sobre él. Los nudillos, abiertos y manchados de sangre por el golpe que había descargado contra el muro de ladrillo unos minutos antes, apenas le dolían.
El escozor de sus heridas no era nada comparado con el estruendo que sacudía su pecho.
Devatra apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos con fuerza.
Pero apenas sus párpados se cerraron, la oscuridad lo arrastró de nuevo hacia una