La mansión Harrison se sumió de repente en una tensión mucho más densa que la de los días habituales. Esa mañana, tres sedanes blindados de un negro azabache se detuvieron exactamente en el patio principal. De su interior bajaron cuatro hombres de mediana edad vestidos con rígidos trajes formales de tres piezas, acompañados por el abogado principal de la familia. Eran el Consejo de Guardianes de los Harrison: la máxima autoridad que supervisaba todo el linaje, los derechos de sucesión y la ejecución del contrato matrimonial entre Adrian y Penelope.En la vasta sala de estar principal, la atmósfera parecía congelada. La ama de llaves, la señora Gable, permanecía rígida cerca de la puerta con la cabeza gacha.Adrian Harrison estaba sentado en un sillón individual de cuero, con una pierna cruzada sobre la otra. Su rostro gallardo se mostraba inexpresivo, pero sus oscuros ojos reflejaban un visible destello de fastidio por aquella visita inesperada. En el largo sofá a su lado, Penelope pe
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