Alexander Sinclair
Nuestros labios estaban sellados en un beso desesperado, un intercambio de aliento que sabía a una rendición total. La cargué en mis brazos sin romper el contacto; sus piernas se entrelazaron de inmediato alrededor de mi cintura y un pequeño quejido, una mezcla de placer y protesta, escapó de su garganta.
Comencé a caminar con ella, mi corazón golpeando contra mis costillas con una fuerza salvaje. La casa de sus padres me resultaba un laberinto extraño, pero Alaia, incluso