Alexander La rabia, ese fuego que me había consumido apenas minutos antes al escuchar la traición de Lorena, se había transformado. Ya no era un incendio que destruía; ahora era una fuerza volcánica que reclamaba vida, calor, una forma de sentirme real tras décadas de ser tratado como un simple número en una cuenta bancaria. Alaia estaba allí, sobre el escritorio, y en el silencio cargado de mi despacho, ella era lo único que me impedía romperme por completo. Acaricié sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis manos, mientras mis ojos, nublados por el deseo y la tempestad emocional, se clavaban en los suyos. El despacho, con sus paredes oscuras y el olor a cuero y papel, se sentía ahora como nuestro santuario privado. Con un movimiento brusco, deslicé la tela de su traje de baño, exponiéndola por completo ante mi mirada. Ella no se cubrió; al contrario, se abrió para mí, ofreciéndome la única verdad que me quedaba en este mundo. Me acerqué a ella, mis rodillas apoyá
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