Alaia El agua de la piscina, que hasta hace unos instantes había sido nuestro refugio clandestino, comenzó a sentirse un poco más fría al abandonar su protección. La transición al aire exterior fue un choque térmico, una señal inequívoca de que el mundo real, con sus exigencias y sus límites, empezaba a reclamar su lugar. Salimos con movimientos pausados, todavía impregnados de la estela de lo que acabábamos de compartir. La euforia de hace unos momentos aún palpitaba bajo mi piel, una corriente de felicidad que no lograba comprender del todo, pero que me negaba a abandonar. Alexander, con esa faceta de hombre protector que emergía tras nuestra intimidad, me dedicó una mirada cargada de una posesividad tranquila. —Quédate aquí, descansa —dijo con una voz suave, casi susurrante, mientras me ayudaba a salir—. Iré por un poco de limonada. Necesitas hidratarte. Asentí, sintiéndome extrañamente dócil. Me dejé caer sobre la tumbona acolchada, sintiendo el tejido fresco bajo mis mano
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