Alexander Sinclair
El silencio dentro de la camioneta era pesado, cargado con el eco de nuestra propia rendición. El aire se sentía viciado, impregnado por el encuentro que acabábamos de tener, y mis sentidos aún estaban nublados por la descarga de adrenalina. Alaia estaba allí, recostada contra el asiento trasero, con la respiración entrecortada y el cuerpo cansado, tratando de regular su ritmo cardíaco y recuperar la calma después de la tormenta que habíamos desatado.
Yo me tomé un momento