Alexander Sinclair
El agua de la bañera se había enfriado, pero el fuego que encendió en mis venas era un incendio que ninguna temperatura podía apagar.
La saqué de la tina con una delicadeza que no sabía que poseía, envolviéndola en una toalla blanca y esponjosa. La cargué en brazos, sintiendo su peso contra mi pecho, y la llevé hacia la recámara principal. La luz del mediodía se filtraba intensamente a través de los grandes ventanales, inundando la habitación con una claridad que lo volvía