Capítulo 31 — Julian frágilDespués del episodio de la sirvienta, Julian desapareció.No físicamente — estaba allí, en la mesa, en el entrenamiento, en la cama por la noche. Pero algo en él se había retirado. Sus ojos negros, habitualmente tan vivos, parecían velados. Ya no sonreía. Ya no provocaba. Ejecutaba sus gestos mecánicamente, como un autómata.Elena lo sentía a través del vínculo — una tristeza sorda, un miedo que no lograba nombrar.La tercera noche, lo encontró solo en la torre.Estaba sentado sobre las pieles, con la espalda contra el muro, las rodillas pegadas al pecho. No tallaba ningún puñal. No miraba la luna. Fijaba sus propias manos, posadas sobre sus rodillas, como si no las reconociera.— Julian —dijo Elena sentándose cerca de él.No respondió.— Julian, mírame.Levantó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos — no de lágrimas, de ojeras, de insomnio. No había dormido en tres días.— No puedo —dijo con voz neutra.— ¿No puedes qué?— Mirarte. Porque cuando te miro,
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