La mañana siguiente, Ivy despertó en una cama que no era la suya, en una habitación que no conocía, y durante un segundo eterno no supo dónde estaba.
Luego llegó la memoria: el ático, Darien, el contrato. Todo.
Se incorporó lentamente, mirando a su alrededor.
La luz del sol entraba a raudales por los ventanales, dibujando rectángulos dorados en el suelo de madera.
Su ropa de ayer seguía en el suelo, donde la había dejado al caer rendida.
Sus libros, en la estantería nueva, la miraban como v