El control de Elena, rearmado con tanta cautela tras lo de la sala de reuniones, empezó a resquebrajarse. La estampa, los sonidos, la absoluta y abrumadora autorización de todo aquello cayeron como un ola gigante sobre su presa. Con un sonido a medio camino entre un sollozo y un gruñido, estiró el brazo y le agarró a la asistente arrodillada un puñado de pelo. Le tiró de la cabeza hacia atrás, exponiéndole el cuello.—¿Quieres que me dé un festín? —siseó Elena, con su compostura saltando en mil pedazos afilados. Acercó a la mujer y le hincó los dientes en el músculo tierno entre el cuello y el hombro: no con bastante fuerza como para romperle la piel, pero sí para marcarla, para reclamarla.La asistente dio un ahogo, un sonido de puro dolor y placer sobresaltado.Elena la soltó, jadeando. Miró la marca roja de sus dientes sobre la piel aceitada. Luego empujó a la mujer de espaldas contra el suelo de piedra, al lado del banco. No se desnudó. Se bajó la cremallera del mono rojo hasta la
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