El amanecer en la isla fue un asalto violento y hermoso. La luz estalló sobre el océano, tiñendo las paredes de cristal de la casa principal de un oro líquido. Los huéspedes despertaron en sus lujosas suites: algunos con el calor residual de los cócteles de la noche anterior; otros con el recuerdo frío y metálico del collar contra la piel.
Un suave timbre resonó en cada habitación, seguido por la voz de Daddy, tan suave como el café de la mañana que apareció momentos después en una bandeja auto