El silencio en el despacho era absoluto, interrumpido únicamente por los sonidos entrecortados de sus respiraciones, que poco a poco volvían a la normalidad.Isabella yacía entre ambos, como una muñeca flácida y brillante de sudor sobre la manchada alfombra persa, sintiendo los hilos fríos de semen que goteaban de sus agujeros ultrajados. El olor a sexo, salado y almizclado, flotaba denso en el aire, como un tatuaje permanente sobre la anterior austeridad de la habitación. Su cuerpo palpitaba con un dolor profundo y satisfactorio; un catálogo de hematomas, mordiscos y el estiramiento profundo de sus zonas más íntimas.Marcus fue el primero en moverse, girándose de lado para mirarla desde arriba. Su expresión ya no era la tormenta de lujuria predatoria, sino algo más contemplativo, posesivo. Deslizó un dedo por un rastro de fluidos mezclados en la cara interna del muslo de ella y luego se lo llevó a la boca, saboreándola, saboreándolos a ambos. —Exquisita —murmuró, con su voz como un r
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