Las sesiones consecutivas se convirtieron en su nueva realidad, el eje sobre el cual giraba su vida. El mundo exterior, su trabajo, sus amigos, el ritmo mundano de los días, se desvanecieron en un desenfoque gris y apagado. Lo único que conservaba color y significado eran las paredes azules de la suite, el aroma a sándalo y antiséptico, y el timbre profundo y dominante de su voz.La sesión 4 fue un torbellino de sensaciones. Él había usado sus manos otra vez, pero de manera diferente. Empleó una técnica que llamó "liberación miofascial", hundiendo sus dedos profundamente en los músculos de la cara interna de sus muslos, su ingle y la parte baja del abdomen, manipulando el tejido con una presión dolorosa y placentera que la dejó magullada y sin aliento, antes de culminar en un clímax tan intenso que se desmayó por unos segundos.Pero la sesión 5, la noche siguiente, marcó otra escalada. Un cambio fundamental.Cuando entró a la suite, la camilla había sido modificada. Los estribos no er
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