La sala de espera de la clínica olía a antiséptico y a una discreta desesperación. Alexa Hart estaba sentada con las piernas cruzadas, sintiendo cómo el poliéster barato de su falda le rozaba los muslos. Era la tercera vez que asistía en tres meses; tenía una infección de orina recurrente que en la clínica de urgencias no lograban curar. Pero su médico de cabecera estaba de baja. La recepcionista, con una sonrisa aburrida, le había dicho que hoy la atendería el doctor Anderson.
—¿Alexa Hart? El