Maximiliano tiró a Sienna sobre el colchón. Ella lo miró, con una sonrisa juguetona; las cosas iban a cambiar y esa bestia tendría que ser domada por su bella lobita.Sin quitarle los ojos de encima, él empezó a desvestirse. Dejó caer el saco al suelo, se arrancó la corbata y se desabotonó la camisa, exponiendo su torso musculoso. Al final, se deshizo de los pantalones y el bóxer de un solo tirón.Él no esperó más. Se subió sobre ella, le abrió las piernas para acomodarse en medio y le arrancó la ropa de un tirón, dejándola desnuda ante él.—Oye, bestia, era ropa nueva —susurró Sienna, sosteniéndole la mirada sin parpadear.—Gástate mi maldita fortuna y compra lo que quieras —ordenó Maximiliano, acomodando las rodillas a los lados de las caderas de Sienna.Sienna rio ante su respuesta. Maximiliano la observó por unos largos segundos. Antes no la había visto reír de esa manera; siempre eran forcejeos e insultos para detenerlo, pero ahora ella estaba ahí, dispuesta a dejarse coger sin
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