El crujido sordo de la puerta al abrirse dio paso a un silencio casi místico, denso y sagrado, que parecía congelar el tiempo dentro de aquellas cuatro paredes blancas. El murmullo rítmico y pausado del monitor de constantes vitales marcaba el pulso de la estancia con un pitido constante, un eco metálico que era, al mismo tiempo, el sonido más hermoso y aterrador que Leila había escuchado en toda su vida.Al cruzar el umbral con pasos temblorosos, Leila se encontró con la imagen que tanto había temido y anhelado a la vez.Emily yacía en el centro de la cama clínica, pequeña y frágil, sumergida en una maraña de tecnología médica. Estaba conectada una vez más a una multitud de tubos transparentes, cables de colores que se adentraban bajo la bata de algodón y una cánula nasal que le proporcionaba oxígeno constante. La luz tenue y fría del cuarto dibujaba con delicadeza el contorno indefenso de la niña, cuya piel lucía todavía pálida y cera, pero afortunadamente libre del temible matiz
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