El nerviosismo atacó todo el cuerpo de Leila de manera violenta e inclemente. Las pulsaciones le retumbaban en los oídos con la fuerza de un martillazo, y una marejada de frío glacial se extendió desde la punta de sus dedos hasta el fondo de sus entrañas. Había pasado demasiado tiempo encerrada entre las paredes estériles y despiadadas de una celda de prisión, pagando injustamente por un crimen que jamás cometió, como para permitir que la volvieran a cuestionar, acorralar y amenazar por otro hecho del que tampoco era culpable. La sola idea de regresar a ese infierno, de perder la luz del sol, la dignidad recuperada y, sobre todo, la cercanía de su pequeña Emily, le provocaba una claustrofobia sofocante que amenazaba con hacerla hiperventilar ahí mismo.Tenía un pánico atroz, un miedo visceral que le encogía los músculos y le paralizaba la garganta. Sin embargo, detrás de ese terror primal surgido de sus peores traumas, la voz de la supervivencia le gritó en el pensamiento que tení
Leer más