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Capítulo 3 – Siempre la Excluida
Lara Vasconcellos

Siempre supo que era diferente de sus hermanas. Desde pequeña, lo sentía. Mientras Natália y Bianca eran el orgullo de su padre, recibiendo siempre regalos caros, viajes de lujo y todo lo que deseaban, ella era la sombra. La hija olvidada.

No sabía exactamente cuándo se dio cuenta de que ese era su lugar en la familia. Tal vez fue en los cumpleaños, cuando sus hermanas recibían joyas caras y vestidos importados, y ella recibía un "feliz cumpleaños" dicho sin ganas. O tal vez fue en las navidades, cuando ellas desenvolvían regalos lujosos mientras ella, muchas veces, ni siquiera era recordada.

La verdad era que, por más que lo intentara, nunca fue suficiente para él.

¿Y lo peor de todo? Nunca supo qué había hecho para merecer ese trato.

Hasta que lo entendió.

Su madre murió en su parto.

Murió para que ella viviera, y eso la convirtió en la enemiga de su padre desde el momento en que nació.

No la recordaba. No sabía si su cabello era liso o rizado, si su risa era fuerte o suave, si su voz era dulce. Solo sabía lo que le habían contado, y le habían contado muy poco. Pero una cosa siempre había estado clara para ella: si su madre no hubiera muerto, tal vez su padre la habría amado.

Él nunca lo dijo en voz alta, pero ella lo vio en sus ojos toda la vida. El desprecio, la frialdad. Mientras Natália y Bianca eran mimadas, tratadas como princesas, ella creció invisible.

Sus hermanas siempre tuvieron todo lo que quisieron. Tarjetas de crédito sin límite, viajes, ropa de diseñador. Ella nunca tuvo nada de eso. Ni una tarjeta, ni mesada, ni siquiera un regalo de cumpleaños decente.

Y lo peor era que ellas lo sabían, y adoraban restregárselo en la cara.

—Papá, compré ese vestido nuevo de la colección de Prada. ¡Tienes que verlo, es maravilloso! —comentaba Bianca, sonriendo, mientras miraba el celular sin siquiera voltearse hacia ella.

—¡Papá dijo que vamos a Dubái! ¡Vamos a poder comprar lo que queramos allá! —completaba Natália, animada.

Siempre había sido excluida. Cuando viajaban, era porque ellas querían ir. Cuando decidían algo en familia, a ella ni siquiera la consultaban. Y ahora, simplemente la estaban obligando a embarcarse en ese viaje sin siquiera preguntarle si quería.

No quería.

No entendía el motivo de ese viaje, pero conocía a su padre. Él no hacía nada sin un propósito.

—No quiero ir —dijo, sin rodeos.

Las dos la miraron como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.

—¿Cómo que no quieres ir? ¿Estás loca? —rio Bianca con desdén.

—Ay, Lara, deja de querer llamar la atención. Esta es nuestra oportunidad de salir de esta situación horrible —puso los ojos en blanco Natália, claramente irritada.

Ella iba a responder, pero su padre entró a la sala antes de que pudiera hacerlo.

—No tienes elección —su voz fue dura, cortante—. Si no quieres ir, puedes empezar a buscar un nuevo lugar donde vivir.

Tragó saliva.

—¿Qué?

—Exactamente lo que escuchaste. Estoy intentando salvar a esta familia y garantizarles un futuro. Deberías estar agradecida, en vez de actuar como una ingrata.

Tragó la rabia.

Era siempre así. Nunca podía cuestionar nada. Nunca podía disentir.

No quería ir. No quería estar ahí. Pero, una vez más, no tenía elección.

Entonces, en contra de su voluntad, tuvo que aceptar.

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