Alberto Vasconcellos
La ruina no llegó de golpe. Se insinuó poco a poco, como una plaga silenciosa, destruyendo todo lo que había construido a lo largo de los años. La vio acercarse, intentó resistir, pero era como intentar retener arena entre los dedos. Vasconcellos Import & Export, la empresa que le llevó toda una vida levantar, estaba en quiebra.
Fueron años de gloria. Dominaba el mercado de materias primas, transportando productos valiosos por todo el mundo. Su nombre era respetado, sus contratos eran disputados y su imperio parecía inamovible. Pero el mundo de los negocios era cruel. Con el ascenso de nuevas potencias económicas, la competencia se volvió imposible. Empresas chinas y árabes comenzaron a dominar el sector, ofreciendo precios con los que simplemente no podía competir.
Los contratos empezaron a perderse. Clientes antiguos rompieron acuerdos que existían desde hacía años. Los inversores se alejaron. Hizo todo lo posible para mantener su posición: pidió préstamos, recortó costos, apostó por nuevas estrategias. Pero fue inútil. La verdad era que estaba luchando contra una marea imposible de contener.
Y ahora, ahí estaba. En la ruina.
Sentado en el salón privado de uno de los pocos hoteles que aún aceptaban su nombre, contempló el vaso de whisky frente a él. Era lo único que todavía le daba alguna sensación de control. A su alrededor, los pocos amigos que le quedaban intentaban convencerlo de que no todo estaba perdido.
—Tienes que escucharnos, Alberto —dijo Gustavo, recostándose en la silla. Parecía absurdamente relajado para un hombre que estaba frente a un desastre—. Hay una oportunidad en Dubái.
Alberto le lanzó una mirada escéptica.
—¿Una oportunidad? —soltó una risa amarga, girando el vaso entre los dedos—. Gustavo, no tengo dinero ni para pagar las cuentas básicas. ¿De verdad crees que puedo salir del país?
Murilo, que hasta ese momento había estado en silencio, entró en la conversación. Era el más pragmático de los dos, siempre analizando todo con una frialdad que llegaba a irritar.
—No necesitas dinero, necesitas conexiones. Y eso es exactamente lo que te estamos ofreciendo.
Alberto levantó una ceja, interesado a pesar de sí mismo. Conocía bien cómo funcionaban esas cosas. Los árabes dominaban los sectores del petróleo y el comercio internacional. Billonarios con negocios que pocos lograban entender del todo.
—¿Y por qué un jeque se interesaría en mi empresa quebrada?
Gustavo sonrió, como si le estuviera entregando la llave de una caja fuerte llena de oro.
—Porque no quiere tu empresa, Alberto. Quiere un nuevo socio para un proyecto grande. Algo que puede devolverte al tope.
Alberto sintió una chispa de esperanza. Pequeña, pero existía.
—Continúen.
—Ese jeque es uno de los hombres más ricos de los Emiratos Árabes. Está expandiendo sus negocios hacia Occidente y quiere un socio de confianza. Nos pidió referencias y hablamos de ti —explicó Murilo.
Alberto soltó una risa seca.
—¿Le recomendaron a un empresario quebrado?
—Le recomendamos a un hombre experimentado, que alguna vez tuvo un imperio y sabe cómo levantarse —replicó Gustavo—. El jeque quiere conocerte.
Alberto cruzó los brazos.
—¿Y por qué tendría que viajar para eso?
—Porque es un hombre tradicional. Le gusta conocer personalmente a quienes hacen negocios con él. Quiere ver tu esencia, entender quién eres.
Alberto rio de nuevo, esta vez con ironía.
—¿Mi esencia? ¿Quiere que vaya a Dubái para evaluarme como un caballo en una subasta?
Murilo se encogió de hombros.
—Si quieres verlo así... Pero quiere que lleves a tu familia.
La expresión de Alberto se cerró de inmediato.
—¿Mi familia?
—Sí. Él valora eso. Quiere ver con quién se está asociando.
Su mente trabajó rápido. A él eso no le importaba. Tenía tres hijas, pero nunca había estado cerca de ninguna. Para ser honesto, solo Lara realmente le molestaba.
La menor. La que le recordaba, todos los días, la mayor pérdida de su vida.
Su mujer había muerto en el parto de ella. Desde entonces, nunca había vuelto a mirar a esa muchacha sin sentir rabia. No lo decía en voz alta, claro. Pero estaba ahí. Siempre había estado.
Pero si ese viaje era su única oportunidad de reconstruir su imperio...
Respiró hondo y los enfrentó a los dos.
—¿Qué necesito hacer?
Gustavo y Murilo intercambiaron miradas antes de que Murilo respondiera:
—Solo acepta la invitación. Lleva a tus hijas y embarca. Una fiesta, una cena, una conversación. Si todo sale bien, vuelves a Latinoamérica con un contrato que puede salvarte la vida.
—¿Y si sale mal?
—Entonces estarás en la misma situación en la que ya estás.
Alberto cerró los ojos un instante. Sabía que no tenía opción.
—Está bien. ¿Cuándo partimos?
Gustavo sonrió, satisfecho.
—En tres días. Prepárate, Alberto. Esto puede cambiarlo todo.
Alberto lo dudaba. Pero en ese momento, cualquier esperanza era mejor que nada.