Capítulo 122. Vamos a hablar de la verdad.
Elías se quedó viéndola con una expresión avergonzada.—Juro que no te he traicionado… no quería esto, no lo podía planificar. Solo que no me pude controlar —confesó Elías en voz alta, señalando la silla con una mano temblorosa—. Me gusta. Me gusta muchísimo, Camelia. Sé que es una locura. Sé que es un hombre y que es el hermano de Vincenzo. Pero perdí la cabeza. No soy homosexual, no sé por qué me pasa esto con él, solo sé que no puedo evitarlo.Camelia no se alteró. Su mirada se apartó de Elías y se fijó en el prisionero atado al hierro.Evaluó la postura del menor de los Fontana. Observó la finura de sus rasgos aristocráticos, la blancura irreal de su piel perla y ese orgullo indomable que ni siquiera las esposas plásticas lograban quebrar. El prisionero le devolvió la mirada en un duelo silencioso, respirando con el pecho agitado bajo la camiseta táctica.Camelia volvió a mirar a Elías. Su rostro se endureció, asumiendo el control total de la situación.—A mí no me molesta que te
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