El eco de la puerta doble de madera de nogal cerrándose a nuestras espaldas pareció marcar el inicio de un juicio privado. Caminamos por el pasillo del piso cuarenta en un silencio sepulcral, pero en cuanto pusimos un pie dentro de la suite ejecutiva, la tormenta estalló.Giré sobre mis tacones, encarándolo antes de que pudiera colgar su abrigo.—¿Una relación sentimental formal? —exigí, la voz temblándome por la indignación reprimida—. ¿Tiene idea de la locura que acaba de cometer, Sterling? ¡Mintió descaradamente frente a todo el consejo de administración! ¡Me usó!Carter ni siquiera parpadeó. Con una parsimonia insultante, dejó su abrigo en el perchero, se alisó los puños de la camisa y se volvió hacia mí. Sus ojos azules, gélidos e imperturbables, me barrieron de arriba abajo, despojados de cualquier rastro de la falsa calidez que había fingido ante la junta.—Te salvé el pellejo, Evans —respondió, su voz grave y dominante cortando el aire—. Y de paso, salvé las acciones de mi em
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