Capítulo 20

El silencio de mi departamento en Brooklyn se sentía como una bendición a medias, rota únicamente por el pitido fantasma del monitor de urgencias que parecía haberse quedado grabado a fuego en mis sienes.

Llevaba veinticuatro horas metida en mi propia cama, vestida con una camiseta de algodón holgada y un pantalón de chándal gris, intentando asimilar el vacío de mi propio espacio tras el colapso en la suite ejecutiva.

La vía intravenosa me había dejado un hematoma morado en el dorso de la man
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