Recordaba muy bien aquel pequeño detalle: la copa de champán sudaba en mi mano. El frío de la bebida entumeciéndome los dedos; las burbujas, muertas desde hacía rato. El líquido se había quedado sin gas, tibio, como agua olvidada al sol. Llevaba más de una hora con la copa en la mano, aterrorizada de dar otro trago. Si bebía demasiado, no tardarían en murmurar sobre la gorda que no paraba de tragar y beber.El salón apestaba a una mezcla insoportable: flores rancias que se marchitaban en sus macetas y un paté de pescado que llevaba demasiadas horas al fuego. El olor se estaba echando a perder, volviéndose agrio y dulzón en medio del aire espeso. Mi madre había sido la de la brillante idea de elegir este lugar. «Es barato, Elowen», me había dicho. «Bastante hacemos con ayudarte, ya podrías mostrar algo de gratitud».Ella lo había elegido todo: las flores, la comida, incluso la lista de invitados. Yo solo pude elegir mi vestido.Sí, únicamente mi vestido.Había ahorrado durante seis mes
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