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Capítulo 2: El peso de la mirada

La puerta trasera del salón no llegó a cerrarse del todo.

Me quedé de pie en la penumbra húmeda del aparcamiento, con los pies descalzos sobre el suelo frío, y aún podía oírlos dentro. La música seguía sonando. La gente seguía hablando, de fiesta. Se suponía que era mi celebración... la que debía celebrar mi amor y mi "para siempre", y continuaba allí dentro sin mí.

¿Lo peor de todo? Nadie había salido a buscarme.

Apreté con más fuerza la mano contra el desgarrón del vestido. El aire gélido insistía en rozarme la piel. Podía sentir la humedad de la lluvia en los brazos, en los hombros, en cada rincón de mí que la tela ya no alcanzaba a cubrir.

A través de la rendija de la puerta, los alcancé a ver.

Livia bailaba con Julian en mitad de la pista. Tenía sus brazos finos enredados en el cuello de él. Apoyaba la cabeza en su hombro como si hubiera sido moldeada para encajar exactamente ahí. La canción que sonaba era la nuestra. La que Julian y yo habíamos elegido juntos hacía dos meses, cuando todavía fingíamos que esta boda iba a suceder.

Él la sostenía por la cintura mientras le sonreía desde arriba. Se le veía feliz... feliz de verdad. Con una mirada que jamás me había dedicado a mí, ni siquiera al principio, cuando yo juraba que me amaba.

Sentí el pecho tan pesado como si alguien se hubiera sentado encima.

Entonces, la voz de mi madre, nítida y afilada, se filtró por la puerta.

—Se lo dije —estaba diciendo—. ¿Cuántas veces le dije a esa niña que bajara de peso? ¿Cuántas veces le advertí que dejara de comer como una cerda, que ayunara o hiciera algo que de verdad funcionara? ¿Acaso no la mandé con aquel médico para que la ayudara? ¿No le pagué esos planes de comidas para adelgazar?

Mi tía murmuró algo que no logré cazar. Y luego, mi madre otra vez:

—No, no. Es culpa suya. Los hombres no se quedan con mujeres que lucen así, es que no sé si no se mira en un espejo... Me da asco. Mira a Livia, ella sí es la clase de mujer por la que cualquier hombre se batiría a duelo. Elowen era una desgracia con forma humana, ni sé por qué di a luz a semejante monstruo... En fin, solo sirvió para guardarle el puesto a la verdadera dueña, que le da mil vueltas.

Escuché a mi madre decir todo eso... a mi propia madre.

Quise volver a entrar y gritarle en la cara. Quise preguntarle qué clase de madre habla así de su propia hija mientras ella se está muriendo por dentro, mientras está allá afuera, descalza y con el vestido hecho jirones. Pero no me moví. Las piernas no me respondieron.

La voz de mi tío fue la siguiente en cruzar el umbral. Alta y tosca, arrastrada por el alcohol.

—Bueno, las cosas como son —dijo—. El muchacho tiene dos dedos de frente, te lo aseguro. ¿Quién se iba a casar con esa teniendo a Livia Monroe ahí delante? No hay punto de comparación, hasta un ciego vería la diferencia. —Soltó una carcajada ruidosa.

Me aparté de la puerta de un empujón; ya no podía seguir escuchando cómo hablaban de mí... era un dolor insoportable.

Eché a andar, no porque tuviera un rumbo fijo, sino por el simple hecho de moverme.

El suelo era hostil bajo mis pies desnudos. Las piedras pequeñas se me clavaban en las plantas; el asfalto estaba empapado y helado por la lluvia. No sabía a dónde iba. Solo sabía que no podía quedarme allí; cualquier lugar del mundo era mejor que ese.

La calle estaba a oscuras y la mayoría de las casas tenían las luces apagadas. Un perro ladró en la distancia. Me acomodé el vestido roto alrededor del cuerpo lo mejor que pude, pero fue inútil. El frío ya se me había colado dentro; ya no era solo la lluvia.

Mis pies me arrastraron de una calle a otra. Pasé por delante de una tienda cerrada con persiana metálica, una iglesia con el cartel apagado y una parada de autobús con la bombilla rota. El mundo se sentía vacío... completamente vacío, como si yo fuera la última persona sobre la tierra.

Llegué a la marquesina del autobús y me planté allí.

Era un espacio minúsculo: tres paredes de cristal mugriento y un banco que había visto tiempos mejores. Me senté y me encogí, pegando las rodillas al pecho. El vestido se abrió de par en par alrededor de mis piernas, pero a esas alturas ya me daba igual. ¿Quién iba a estar ahí para verme? ¿Quién quedaba para mirarme y juzgarme? ¿Qué más podían decirme o qué nombres podían ponerme que no hubiera escuchado ya?

Me quedé allí sentada durante mucho tiempo. La lluvia había cesado, pero el frío permanecía. Los pies me sangraban un poco por los cortes que me habían hecho las piedras. Tenía los dedos entumecidos. Me miré el cuerpo, la forma en que el estómago se me plegaba al estar sentada, los muslos gruesos que siempre hacían que mi madre frunciera el ceño y apartara la mirada con repugnancia.

*Esto es lo que ven*, pensé. *Esto es lo único que ven.*

El teléfono vibró en mi mano; había olvidado que todavía lo llevaba sujeto.

Me llegó un mensaje de mi madre.

> Ya has avergonzado bastante a esta familia por hoy. No vengas a casa, no puedo ni mirarte ahora mismo. Quédate donde sea que estés.

Clavé los ojos en las palabras hasta que la vista se me nubló. *No vengas a casa.* Mi propia madre me estaba diciendo que no volviera. En la noche en que mi vida se caía a pedazos, ella se preocupaba por el apellido y la reputación, ni un destello de empatía por lo que yo sentía; el nombre de la familia importaba más que su propia hija... algo que ya empezaba a dudar que fuera real.

Esperé un mensaje de mi padre, pero de él no llegó nada. En su lugar, recibí otra cosa... una notificación de un video que había publicado. Un video de mi humillación.

La miniatura era mi rostro: la boca abierta, los ojos desorbitados y mi vestido rasgándose por el costado. El texto de abajo decía: *Cuando tu hija se cree que puede retener a un hombre que está fuera de su alcance. ¡Miren hasta el final!*

No abrí el video ni leí los comentarios. Con calma, fui borrando cada aplicación de redes sociales de mi teléfono, una a una. Desde F******k hasta I*******m, directo a T*****r. Las eliminé todas.

Luego me quedé sentada en la oscuridad, con los pies descalzos, el vestido roto y las palabras de mi madre todavía ardiendo en la pantalla.

No tenía a quién llamar. Ninguna mejor amiga, nadie que fuera a salir de la cama para venir a buscarme. Había pasado tantos años haciéndome pequeña para encajar con Julian que me había desvanecido por completo. Ahora era un fantasma, y los fantasmas no tienen a nadie.

Escondí la cara entre las rodillas y me quedé así.

Entonces volvieron las luces; eran brillantes y blancas, rajando la penumbra como cuchillos. Levanté la cabeza y vi el auto. Era el mismo vehículo negro de antes. La misma silueta larga y oscura. Se estaba deteniendo ante la parada de autobús, despacio y en silencio, como si le sobrara todo el tiempo del mundo. El motor emitía un ronroneo bajo, suave y caro. Esa clase de sonido que te advierte que dentro hay dinero.

Las ventanillas eran oscuras. No podía ver a través de ellas, pero sabía perfectamente quién estaba dentro. Sabía que esos ojos plateados estaban detrás del cristal, observándome otra vez.

Debería haber tenido miedo. Un extraño en un auto negro, siguiéndome en mitad de la noche... cualquier mujer con sentido común saldría corriendo. Pero yo no tenía fuerzas para huir; apenas podía sostenerme en pie, como para ponerme a correr.

Y había algo más... una pequeña y retorcida parte de mí que no quería que se marchara. Porque cuando él me miraba, sentía que, al menos, alguien me registraba. Que no era invisible.

El auto se detuvo justo al borde de la marquesina, pero no apagó el motor. Esta vez la ventanilla no bajó. Se quedó allí, simplemente mirándome a través del cristal oscuro.

Me levanté sobre mis piernas temblorosas; el vestido roto se abrió y el aire frío me golpeó la piel desnuda. No intenté cubrirme. ¿Qué sentido tenía? Él ya había visto lo peor de mí. Me había visto llorar junto a un contenedor de basura con el vestido cayéndose a pedazos. Ya no quedaba nada que ocultar.

Sostuve la mirada hacia la ventanilla oscura. No podía verle el rostro, pero lo sentía. El peso de sus ojos sobre mi cuerpo. Esa misma mirada lenta y fría que me había lanzado en el aparcamiento.

—¿Quién eres? —inquirí. La voz me salió rasposa, baja y rota—. ¿Y qué quieres de mí?

No obtuve respuesta. El auto siguió allí plantado... con el motor ronroneando. La lluvia amenazaba con volver, ligera y fría sobre mi piel.

—¿Por qué me estás siguiendo? —dije, esta vez más alto. La rabia regresaba, abriéndose paso a través del dolor—. Me viste llorar en la fiesta, me viste correr descalza ¿y ahora me sigues hasta aquí? ¿Qué clase de persona hace eso?

Nada. Solo el cristal oscuro y el murmullo del motor.

Caminé hacia el vehículo. Los pies me dolían con cada paso, pero no me detuve. Avancé hasta quedar lo bastante cerca como para tocar la portezuela. La pintura era tan negra que parecía tragarse la luz.

—Di algo —dije, y la voz se me quebró—. Si vas a mirarme como si no fuera nada, al menos dímelo a la cara. Ten los pantalones de decirme qué quieres.

Durante un largo instante, no pasó nada. La lluvia caía, el motor seguía en marcha y el cristal continuó opaco.

Entonces, el auto empezó a moverse despacio. Se alejó de la parada y avanzó por la calle desierta. Los faros traseros brillaron con un rojo intenso en la oscuridad.

Me quedé bajo la lluvia, viéndolo marcharse.

—Cobarde —susurré.

No sabía si me refería al hombre del auto, a Julian, a mi padre o a mí misma. Quizá nos lo decía a todos.

El vehículo desapareció al doblar una esquina y la calle volvió a quedar vacía. La luz de la marquesina parpadeó y se apagó.

Estaba completamente sola otra vez.

Sin embargo, sabía, muy dentro de mí, que esto no había terminado. El hombre de los ojos plateados ya me había visto dos veces —no sabía si aquello estaba planeado o no—, había detenido su auto para mirarme y había esperado mientras yo le gritaba a su ventanilla oscura.

Esa no era la actitud de un hombre al que le daba igual; se parecía más bien al comportamiento de alguien que no sabía qué hacer con lo que estaba sintiendo y pensando, debatiéndose entre ayudar o no.

No sabía su nombre, ni tampoco por qué estaba allí, pero algo me decía que volvería... que nuestros caminos terminarían cruzándose otra vez. Y la próxima, me encontraría lista.

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