El resplandor dorado del amanecer de Dubái continuaba invadiendo la recámara principal, pero para Valentina, la luz del día ya no era un recordatorio del mundo exterior, sino un foco implacable que desnudaba la rendición absoluta de sus sentidos. La sábana de lino egipcio arrugada entre sus dedos sanos de la mano izquierda era el único testigo de la marea de calor que la estaba devorando desde las entrañas. La proximidad de Aleksei era una constante ardiente, una masa de músculo, piel y posesividad que la mantenía inmovilizada contra el colchón, no por la fuerza bruta, sino por el magnetismo devastador de su presencia. Bajo las mantas de cachemira, la fricción de sus cuerpos había alcanzado un punto de no retorno. Aleksei, respondiendo al vaivén lento, lascivo y deliberado de las caderas de ella, había empujado su pelvis un milímetro más hacia adelante. El contacto fue atrozmente directo. Su erección matutina, prominente, gruesa y dolorosamente rígida, se acomodó con una precis
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