El cuarto de baño parecía haber desaparecido, consumido por la densa niebla del vapor y el fuego líquido que corría por las venas de ambos. El abismo estaba ahí, abierto de par en par a sus pies, y Valentina acababa de lanzar el desafío final con esa sonrisa lánguida y provocadora. Aleksei sintió que la última cuerda de su autocontrol se tensaba hasta el punto de ruptura. Su respiración era un fuelle áspero que chocaba contra la piel húmeda del cuello de ella. Sus dedos, que aún descansaban en la entrada de la intimidad de Valentina, amenazaban con empujar, con cruzar esa línea sagrada que quemaría el contrato y los condenaría a una realidad mucho más compleja y aterradora que cualquier junta de accionistas. —Lo que yo quiero... —comenzó a murmurar Aleksei, su voz ronca, gutural, vibrando con una posesividad que le erizó la piel a Valentina. La iba a tomar. Iba a hacerla suya en ese santuario de piedra volcánica, sin importarle los abogados, las fisuras ni el maña
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