Amanecieron con los cuerpos aún fuertemente entrelazados, envueltos en la calidez de las sábanas de seda y con la luz tenue de la mañana filtrándose sin prisa por los ventanales de la habitación. Alessandro despertó primero, como solía hacerlo, pero esta vez no se levantó de inmediato. Se quedó de lado, apoyado en un codo, contemplándola en absoluto silencio. Estaba atrapado por la calma con la que ella respiraba contra su pecho, luciendo tan pequeña, indefensa y perfecta en medio de su cama. Disfrutó de verla así, despeinada, con los párpados relajados y ajena al mundo exterior. Cuando Bianca abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la claridad, se encontró de frente con esa mirada oscura que la escudriñaba. No hubo espacio para la distancia ni para la timidez. Alessandro no la dejó ni dar los buenos días; se inclinó sobre ella, la atrapó entre sus brazos con una posesividad suave y comenzó a llenarla de besos por todo el rostro. Le besó la frente, las mejillas, la punta de la
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