Capítulo 47

El beso continuó bajo el amparo de la noche estrellada, prolongándose en una caricia lenta, profunda y magnética que parecía detener por completo las manecillas del reloj. La boca de Alessandro, usualmente firme, severa y acostumbrada a dictar órdenes, se movía ahora sobre la de ella con una ternura inédita, casi reverente. Sus labios se acoplaban con una lentitud tortuosa y deliciosa, desarmando una a una las defensas que Bianca había jurado levantar esa misma mañana en el comedor. Cuando la
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