El coche era una cápsula de cuero y acero, pero para Alessandro se sentía como una celda. Después del tenso encontronazo con Emma y Alan, el despacho le había parecido un lugar sin oxígeno. Había salido huyendo, sin decir una palabra, conduciendo sin rumbo, como si el motor pudiera devorar las millas lo suficientemente rápido para dejar atrás la angustia. Pero no puedes huir de ti mismo. Y menos cuando llevas el corazón roto latiendo en el asiento del copiloto. Casi sin darse cuenta, sus manos, por pura inercia, habían girado el volante hacia el barrio donde vivía Bianca. No tenía un plan. No quería gritar, ni exigir, ni marcar territorio. Solo necesitaba verla. Necesitaba confirmar que ella todavía estaba ahí, en este mundo, respirando. Estacionó a dos calles de distancia, en una zona de sombras donde un coche de lujo llamaba demasiado la atención. Bajó la ventanilla. El aire de la noche era fresco, un alivio para la fiebre que sentía en la frente. Sus manos, que normalmente soste
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