A las tres de la mañana, la imponente cama de la mansión Riva no era más que una brasa ardiente para Alessandro. A su lado, Emma dormía plácidamente, ajena por completo al caos que devoraba la mente de su prometido. Incapaz de seguir soportando el aire estéril de la habitación y el peso asfixiante de la mentira, Alessandro se deslizó en absoluto silencio entre las sábanas. Se puso de pie con movimientos milimétricos, salió al pasillo a oscuras y buscó refugio en la seguridad de su despacho pri