Las acusaciones de Inaya quedaron suspendidas en el aire, frías y punzantes como cristales rotos. Ante la mirada desolada de la mujer que amaba, Malik sintió que la armadura de control que tanto le había costado construir se desmoronaba en pedazos. Desesperado por frenar la brecha que se abría entre ellos, comenzó a justificarlo todo, alzando la voz no por ira, sino por el miedo visceral a perderla.
—¡No! —exclamó, buscando su mirada de manera casi suplicante—. Ella simplemente nos cerró el paso