—¡Tariq! —gritó, con la voz rasgada por la desesperación—. ¡Eres un desgraciado! ¡Déjame ir! ¡Suéltame ahora mismo!
Tariq no se inmutó.
En lugar de ira, en sus facciones se dibujó una sonrisa gélida, cargada de una autosuficiencia siniestra que le erizó la piel. Sus ojos reflejaban una obsesión oscura, la mirada de un hombre que había cruzado la línea de la razón hacía mucho tiempo.
—Nunca, Hasret —respondió él, con una calma que resultaba mil veces más aterradora que cualquier grito—. Hiciste u