¡
La frialdad con la que Iker se había ajustado la corbata frente al espejo del salón aún me escocía en el pecho como una bofetada física. Me había puesto el vestido verde oliva a toda prisa, con las piernas temblorosas y el rastro húmedo de su posesión enfriándose entre mis muslos, recordándome mi humillante rendición. Ya tenía los zapatos de tacón en la mano y me disponía a caminar descalza hacia la salida, masticando las lágrimas de rabia y orgullo herido que me negaba a dejar caer en su pre