El tintineo sordo de las esferas de cristal en mi interior me acompañó durante cada metro que recorrí por las lujosas aceras de la Vía Monte Napoleón. La tarjeta de crédito negra de Iker pesaba en mi mano como un trozo de plomo. A mi alrededor, las vitrinas de las boutiques más exclusivas de Milán destellaban con opulencia, pero para mí, todo el paisaje carecía de color. El llanto en el baño de la oficina me había dejado el alma vacía, anestesiada. Las palabras de mi padre Esteban seguían repitiéndose en mi mente, una y otra vez, convenciéndome de que ya no tenía un hogar, ni una familia, ni un nombre que proteger.
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