Adrian estaba sentado al borde de la cama en su habitación de hotel, tenuemente iluminada, con las cortinas cerradas para protegerse del sol de la mañana. El zumbido del aire acondicionado era el único sonido en la habitación, a juego con el adormecimiento que sentía en la cabeza. Su mirada estaba perdida, fija en algún punto del suelo, mientras sus pensamientos daban vueltas sin cesar.Un golpe en la puerta lo sobresaltó. Frunció el ceño, se puso de pie con dificultad y abrió la puerta, encontrándose con Marcus.—Bien, ya estás despierto —dijo Marcus, empujándolo hacia la habitación. Su tono era cortante, una clara señal de que no se trataba de una visita de cortesía.Adrian cerró la puerta, con los hombros caídos—. ¿Qué quieres?Marcus se giró para mirarlo, con una expresión fría e implacable—. ¿Qué quiero? Quiero saber qué demonios crees que estás haciendo.Adrian resopló, pasándose una mano por el pelo revuelto—. No estoy de humor para sermones, Marcus. —Pues mala suerte. Te la va
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