Annie abrió los ojos mucho más temprano de lo normal. Su cuerpo, desacostumbrado a la rigidez del sofá de la suite del hospital, la obligó a despertar antes de que la primera luz del alba asomara por la ventana.Durante los primeros segundos, la desorientación la dominó, pero rápidamente la realidad se volcó sobre ella como un balde de agua helada: el accidente, la sangre, la noche de terror. Sin embargo, al girar la cabeza hacia la cama, la tranquilidad regresó a su cuerpo y a su mente de golpe. Allí estaba Ian, respirando pausadamente, pareciendo solo descansar de manera profunda y pacífica, una prueba viviente de que había sobrevivido después de casi perder la vida entre los hierros retorcidos de su auto.Al momento de incorporarse sobre el suelo alfombrado para ponerse de pie, un mareo repentino y violento la atacó. Tuvo que sostenerse del reposabrazos del sofá para no caer. Otra de las realidades con las que tenía que lidiar, el secreto que guardaba bajo llave, la golpeó con fuer
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