Ian clavó sus penetrantes ojos zafiro en la figura arrodillada sobre el asfalto. Era ella. Estaba empapada, destrozada, pero inconfundible. Sin embargo, antes de que el choque de verla en ese estado pudiera procesarse en su fría mente de empresario, su mirada descendió hacia el pequeño bulto inerte que Annie estrechaba contra su pecho.Un latigazo invisible, violento e irracional, le golpeó el centro del pecho. No fue un pensamiento lógico. Fue un instinto puro, primitivo y feroz. Una fuerza magnética que no provenía de la razón, sino de la sangre misma. Sin emitir una sola palabra, con la autoridad aplastante y protectora de quien no pide permiso, Ian acortó la distancia en dos zancadas. Se agachó frente a ella y, con un movimiento firme pero sorprendentemente cuidadoso, le arrebató al niño de los brazos.Annie no opuso resistencia. Estaba completamente en piloto automático. Su cerebro, nublado por el terror puro y la falta de oxígeno, ni siquiera procesó que el hombre que la estaba
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