La risa, burlas de los presentes y los murmullos despectivos perseguía a Annie mientras huía del salón principal. Sus asistentes, consternados y nerviosos, se habían quedado atrás intentando minimizar el desastre, pero ella no podía soportar un segundo más bajo el escrutinio devorador de aquella gente.Caminó a ciegas por los intrincados pasillos, alejándose de la música que estaba perforando sus oidos, hasta encontrar un corredor angosto y débilmente iluminado, reservado únicamente para el personal de servicio. Allí, protegida por las sombras donde nadie podía verla, la invencible dueña de Dolce Vita dejó de existir.La espalda de Annie chocó contra la pared de piedra fría y se deslizó lentamente hasta caer de rodillas. Se abrazó a sí misma, temblando de forma incontrolable. Las lágrimas, calientes y amargas, brotaron con una violencia que le desgarró el pecho. No lloraba por el incidente, ni por el vestido arruinado de la anfitriona, ni por la humillación pública; lloraba por la apl
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