Habían pasado algunos días desde que las firmas se plasmaron en el papel, sellando el final de una historia que prometía ser eterna. Ambos habían necesitado ese tiempo en sus respectivos rincones del mundo para intentar recomponerse de los pedazos que quedaban de sus almas.
Ian, sin embargo, no había encontrado paz; solo un resentimiento oscuro y denso. Se había convencido a sí mismo de que el egoísmo de Annie había sido el verdugo final. En su mente herida, ella había preferido