El vestíbulo principal de Winchester, un espacio que siempre se había caracterizado por su silencio y su intimidante elegancia, era un verdadero desastre. Los flashes de las cámaras estallaban como relámpagos ciegos, iluminando el rostro de piedra del hombre que estaba de pie frente al podio.
Ian Winchester no llevaba su habitual traje impecable de tres piezas. Vestía un abrigo oscuro, con la postura rígida y los ojos tan fríos e insondables que los reporteros de finanzas más feroces dudaban an