El frío llegó antes que el sonido.Valeria lo notó en los huesos de las manos —esas manos que llevaban horas sosteniendo papeles, fotografías, fragmentos de una vida que todavía no reconocía del todo como propia— y supo, con la certeza irracional de quien ha aprendido a leer su propio cuerpo como si fuera un mapa de advertencias, que algo había cambiado en la casa. No el frío del invierno. El otro. El que no venía del exterior.Gael lo sintió también. Lo vio en la forma en que se detuvo a mitad de una frase, en cómo sus ojos recorrieron la habitación sin moverse del sitio, calculando.—Hay alguien —dijo, y no fue una pregunta.El primer impacto llegó por la ventana lateral del archivo, un estruendo de cristal que Valeria procesó con extraña lentitud, como si el sonido viajara a través de agua. El segundo fue la pue
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