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La sala olía a madera quemada.

No era un olor real —Valeria lo sabía, porque llevaban días en la mansión y el humo de cualquier incendio se habría disipado hace mucho— pero lo percibía igual, adherido a la ropa de Gael o quizás a su propia memoria, que seguía eligiendo qué devolverle y qué retener como si tuviera criterios propios. Se había sentado en el sillón más alejado de la chime

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