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La primera señal fue el nombre.

No el nombre de ella —ese llevaba semanas siendo una pregunta sin respuesta, una etiqueta que otros le devolvían como si pudiera ponérsela y seguir siendo la misma— sino el de su madre. Las iniciales, más exactamente: *M. Arístegui*, impresas en la esquina inferior de un formulario que Valeria no habría notado si Gael no lo hubiera sacado de la carpeta con demasiado cuidado, como quien levanta algo fr

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