Marcos apareció en la puerta de la habitación a las seis de la mañana con una carpeta bajo el brazo.Dante estaba en cama. Había salido de cirugía cuatro horas antes — vivo, estable, con el pronóstico que había pasado de reservado a cauteloso, que era una diferencia pequeña pero que importaba. Sedado, con monitores, con el lado derecho de la cabeza vendado y ese silencio específico de las personas que respiran pero no están presentes.Valentina llevaba toda la noche en la silla junto a la cama.No había dormido. No había comido. Había tomado dos vasos de agua que la enfermera de turno le trajo sin que ella los pidiera, y había respondido tres mensajes de Reyes y uno de Carbone con instrucciones concretas sobre lo que no debía moverse en la organización hasta nuevo aviso.Cuando Marcos entró, Valentina levantó la vista.—Necesito una firma —dijo él, directo. —No puede esperar.—¿Qué es?—Autorización para mover el cargamento de Nápoles que estaba coordinando Dante para esta semana. —Ma
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