Amaba a Dante, eso era suyo y nadie se lo había puesto.—Está bien —dijo Emilio finalmente. Con la resignación de alguien que no está convencido del todo pero que reconoce que no tiene dónde pararse. —Está bien, Val.El almuerzo continuó. Hablaron de otras cosas — de la casa de Emilio, de un viaje que estaba planeando, de pequeñas cosas que eran el tejido normal de una conversación entre hermanos. Pero Valentina notó que cada tanto él la miraba con esa expresión de antes, evaluando, sin terminar de soltar algo que había decidido no decir.Cuando se despidieron en la puerta del restaurante, Emilio la abrazó un momento más de lo habitual.—Si alguna vez necesitás algo —dijo en voz baja. —Cualquier cosa. Llamame.—Lo sé —dijo ella. —Siempre.Lo vio alejarse por la vereda y se quedó un momento parada con el sol de la tarde encima, pensando en su cara y en lo que había visto en ella y en que Emilio era inteligente y que inteligente a veces significaba peligroso dependiendo del lado en que
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