No recuerdo en qué momento me quedé dormida.Solo sé que estábamos tumbados en la proa, mirando las estrellas, y que en algún momento mis párpados se volvieron demasiado pesados. El vaivén del mar, el calor de su cuerpo, la calma de la noche. Todo se juntó en una especie de sopor que me arrastró sin pedirme permiso.Cuando desperté, estaba en el camarote. En una cama. Tapada con una manta ligera. La luz del sol entraba por una ventanilla, dorada y cálida.Ciro no estaba.Me levanté despacio, aún aturdida. Subí a cubierta y lo vi al timón, con una mano en el volante y el viento despeinándole el pelo. Llevaba la camisa blanca arremangada hasta los codos. El sol le daba en el rostro.Al escuchar mis pasos levantó la vista.—Ya era hora de que despertaras.Me acerqué.—¿Regresamos? —pregunté, aún con voz de sueño.Asintió.—Sí. Es hora de volver.Miré alrededor.El mar se extendía en todas direcciones, brillante bajo la luz de la mañana.Me quedé a su lado mientras navegábamos hacia la co
Leer más