Seguíamos en el despacho.
La conversación sobre los Volkov había terminado hacía unos minutos, pero ninguno parecía tener ganas de irse.
Yo estaba sentada sobre el borde del escritorio de Ciro mientras él permanecía en su silla, revisando algunos documentos.
Fue entonces cuando algo llamó mi atención.
Entre varios papeles, justo junto a una lámpara de escritorio, estaba el crucifijo que yo le había dado.
Lo tomé entre los dedos.
—Sigues guardándolo aquí.
Ciro levantó la vista.
Sus ojos se posar