(Narrado por Ciro)
La cargué en brazos y salí del convento.
No recuerdo haber corrido. No recuerdo haber esquivado los cuerpos de los hombres que había matado. Solo recuerdo el peso de Viktoria contra mi pecho, su sangre empapándome la camisa, su respiración cada vez más débil.
—Aguanta —le dije—. Aguanta, Viktoria. Ya casi.
No sé si me oía. Sus ojos estaban entreabiertos, pero no enfocaban nada. Su piel estaba blanca como la cera. El camisón, empapado en rojo.
Enzo apareció a mi lado.
—El coch