Me desperté con el ruido de los coches.No eran los coches de siempre. No era Henrik llegando de la empresa ni el proveedor de flores para la boda. Eran otros. Muchos. Con motores que ronroneaban al otro lado de las verjas. Con voces que gritaban preguntas que no entendía.Me levanté de la cama. Caminé hacia la ventana. Pero antes de llegar, la señora Kessler entró en la habitación. Me miró con frialdad y dijo, tajante: —No puedes salir de la habitación, no abras las ventanas, ni te asomes. Bajo ningún concepto.Ni siquiera tuve tiempo de preguntar lo que pasaba, porque ella ya había salido y cerrado la puerta. Me detuve. Apoyé la mano en la pared. Me quedé allí, de pie, escuchando los gritos amortiguados que atravesaban los cristales.¿Qué estaba pasando? ¿Por qué había tantos coches? ¿Por qué no podía asomarme?Nadie me había explicado nada. Nadie me había dicho por qué, de repente, yo era una prisionera otra vez.Me senté en la cama. Las horas pasaban. Los gritos seguían. Yo mira
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