El viaje duró dos días.Dos días enteros encerrada en un coche con Ciro, con Enzo al volante y Cael durmiendo sobre mi regazo. El paisaje cambiaba por la ventanilla, pero yo apenas lo veía. Mi cabeza estaba demasiado ocupada intentando procesar todo lo que estaba pasando.Cael dormía la mayor parte del trayecto. Agotado por la despedida, por la emoción, por todo. Y en los silencios, cuando el niño no hablaba, Ciro intentaba llenarlos.—¿Tienes hambre? —preguntó.—No.—¿Quieres que paremos?—No.No eran respuestas. Eran barreras. Muros que levantaba con cada monosílabo para mantenerlo alejado. Pero Ciro no se rendía. Lo notaba en cómo me miraba por el retrovisor. En cómo sus manos se tensaban cuando yo no respondía.—Hace siete horas que no comes —dijo, después de un rato en silencio.—Sobreviviré.Enzo, que iba conduciendo, parecía divertirse muchísimo escuchándonos.Yo quería estrangular a los dos.En un momento, Cael se despertó. Se frotó los ojos con los puños cerrados y bostezó. L
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